Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Qué niños más simpáticos! —dijo el anciano, quitándose los anteojos y limpiándolos cuidadosamente. Después se los volvió a poner y miró con una sonrisa de aprobación cómo los niños revolvÃan el montón de partituras, y en ese momento oÃmos a Silvia recriminar: «¡Bruno, no estamos aventando heno!».
—Nuestra conversación se ha visto largamente interrumpida —apunté yo—. ¡Sigamos, se lo ruego!
—¡Con mucho gusto! —repuso el amable anciano—. Yo estaba muy interesado en lo que usted… —Calló un instante, y se pasó la mano por la frente con desasosiego—. Uno se olvida —murmuró—. ¿Qué estaba yo diciendo? ¡Oh! Algo que usted me iba a contar. SÃ. ¿A cuáles de sus profesores valoran ustedes más, a los que se entiende con facilidad o a los que hacen sentirse a uno confundido cada vez que hablan?
Me sentà obligado a admitir que por lo general admirábamos más a los profesores a quienes no entendÃamos del todo.