Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Justamente —dijo Mein Herr—. Asà es al principio. Bien, nosotros estábamos en esa fase hace unos ochenta años… ¿o eran noventa? Nuestro profesor predilecto se expresaba peor cada año, y cada año lo tenÃamos en mayor admiración… ¡del mismo modo que sus aficionados al arte denominan «neblina» al más hermoso elemento paisajÃstico, y admiran una vista con desaforado placer cuando no pueden ver nada! Ahora le voy a decir cómo acabó la cosa. Nuestro Ãdolo impartÃa clases de FilosofÃa Moral. Pues bien, sus pupilos no entendÃan ni jota, pero se lo aprendieron todo de memoria, y cuando llegó el momento de los exámenes, respondieron con ello, y los examinadores dijeron: «¡MagnÃfico! ¡Qué profundidad!».
—¿Pero de qué sirvió eso a los jóvenes después?
—¿Acaso no lo ve? —repuso Mein Herr—. Ellos se convirtieron a su vez en maestros, y repitieron de nuevo todas esas cosas, y sus alumnos las pusieron en el examen, y los examinadores las aceptaron, ¡y nadie tenÃa la más mÃnima idea de qué querÃa decir todo aquello!
—¿Y cómo acabó?