Silvia y Bruno
Silvia y Bruno En tal caso, pareció pensar el profesor, los ronquidos de los demás muchachos deben de ser algo demasiado horrible para poder soportarlo: pero era un hombre cauto, de modo que no dijo nada.
—¡Y es tan listo! —prosiguió milady—. Nadie disfrutará más de su charla… por cierto, ¿ha fijado ya la hora de la misma? Nunca ha dado una, ya sabe, y prometió hacerlo hace años, antes de que usted…
—SÃ, sÃ, milady, ¡lo sé! Puede que el martes que viene… o el siguiente…
—Estupendo —dijo milady, de manera cortés—. Dejará que el otro profesor dé también una charla, por supuesto.
—Creo que no, milady —repuso el profesor con cierta vacilación—. Verá, siempre se pone de espaldas al público. No resulta ningún problema para recitar, pero para dar una charla…
—Tiene toda la razón —asintió milady—. Y, ahora que caigo, apenas habrá tiempo para más de una charla. Y la velada saldrá mucho mejor si comenzamos con un banquete, y un baile de disfraces…
—¡Desde luego que sÃ! —exclamó el profesor, entusiasmado.
—Yo iré de saltamontes —siguió diciendo tranquilamente milady—. ¿De qué irá usted, profesor?
El profesor sonrió lánguidamente.