Silvia y Bruno
Silvia y Bruno El tono triste se convirtió en un lamento; el lamento en un canto, y el canto en una canción… aunque no estaba seguro de si, esta vez, era Mein Herr quien cantaba, u otra persona.
«Como el daño ya está hecho, quizá sea
usted tan amable de hacer las maletas,
pues dos (su hija y su yerno) son compañÃa,
mas tres no entran en dicha categorÃa.
Iniciaremos un programa de ahorro;
para obtener efectivo hallaré el medio.
¡Y no crea, suegra, que meterá el morro
en todo ello!», bramó Tottles (¡e iba en serio!)
La música pareció desvanecerse. Mein Herr estaba hablando de nuevo con su voz normal.
—DÃgame una cosa más —pidió—. ¿Estoy en lo cierto al pensar que en sus universidades, aunque un hombre permanezca en una tal vez treinta o cuarenta años, lo examinan, una vez y no más, al final de los primeros tres o cuatro?
—Asà es, sin duda —admitÃ.
—Entonces, ¡prácticamente examinan a un hombre al comienzo de su carrera! —dijo para sà mismo el anciano, más que para m×. ¿Y qué garantÃas tienen de que retiene el conocimiento por el cual lo han recompensado… por adelantado, podrÃamos decir?