Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —A mà no me asusta nada —contestó Bruno en el tono más despreocupado que pudo poner—; son feos con esos ojazos. Cdeo que si lloraran, las lágdimas serÃan tan gdandes… ¡como la luna! —Se echó a reÃr de manera alegre—. ¿Alguna vez lloran los búhos, hombde señod?
—Ninguna vez lloran —respondà en actitud seria, tratando de emular la forma de hablar de Bruno—; no tienen nada de qué lamentarse, ¿sabes?
—¡Oh, eso no es veddad! —exclamó Bruno—. ¡Les da muchósima pena cuando matan a los pobdes datones!
—Pero me figuro que no será asà si tienen hambre.
—¡Usted no sabe nada de búhos! —apuntó Bruno desdeñoso—. Cuando tienen hambde, les da mucha, mucha pena habed matado a los datoncitos, podque si no lo habiesen hecho tenerÃan algo para cenad, ¿sabe usted?
Bruno estaba entrando claramente en un peligroso estado inventivo, por lo que Silvia lo interrumpió diciendo:
—Voy a seguir con la historia. De manera que los búhos… quiero decir, los pollos, estaban mirando a ver si podÃan encontrar un buen ratón rollizo para su cena…
—¡Haz como que era un gazapo! —dijo Bruno.