Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Bruno levantó la vista ansiosamente hacia mi rostro, para ver cómo me tomaba aquello. Yo agaché la cabeza y me metà un pulgar en la boca, para evidente deleite del pequeñajo.
—Bruno avanzó, pues, un poco más por el camino. Y entonces lo oyó de nuevo, aquel ruido extraño: ¡tum, tum, tum! «¿Qué es eso?», dijo. «¡Oh, ya lo sé!». «¡Es sólo el carpintero arreglando mi carretilla!».
—¿Era el cadpintero areglando su caretilla? —me preguntó Bruno.
Yo me animé, y dije:
—¡DebÃa de serlo! —aseguré, en tono plenamente convencido.
Bruno se abrazó al cuello de su hermana.
—¡Silvia! —le dijo, en un susurro perfectamente audible—. ¡Dice que «debÃa» de sedlo!
—Entonces Bruno lo pensó un poco mejor. Y dijo: «¡No!, no puede ser el carpintero arreglando mi carretilla ¡porque no tengo ninguna!».
Esta vez oculté el rostro entre mis manos, sintiéndome absolutamente incapaz de hacer frente a la mirada victoriosa de Bruno.