Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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Fue hermoso ver cómo, de forma maternal, la niña-hada cogió en brazos a su hermanito y lo dejó sobre una hoja más robusta, a la que propinó un simple empujoncito para que empezara a mecerse, y la hoja continuó haciéndolo enérgicamente por sí sola, como si albergase algún mecanismo oculto. Desde luego no era el viento el causante, pues la brisa de la tarde se había detenido otra vez casi por completo, y no había ni una sola hoja agitándose sobre nuestras cabezas.

—¿Por qué se mece así esa hoja y las demás no? —le pregunté a Silvia. Ella se limitó a sonreír con dulzura y menear la cabeza.

—No sé por qué —respondió—. Siempre es así cuando tiene encima un niño-hada. Ha de hacerlo, ¿sabe?

—¿Y puede la gente que no ve al hada ver cómo se balancea la hoja?

—¡Naturalmente! —exclamó Silvia—. Una hoja es una hoja y todo el mundo puede verla, pero Bruno es Bruno, y a él no pueden verlo a menos que estén «inquietos», como usted.

Entonces comprendí cómo uno en ocasiones, al cruzar un bosque una tarde en calma, ve una hoja de helecho que se mece sin parar, totalmente por sí sola. ¿Te ha pasado a ti alguna vez? La próxima, trata de ver al hada que duerme sobre ella, si puedes, pero hagas lo que hagas, no cojas la hoja; ¡deja dormir a la criaturita!


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