Silvia y Bruno
Silvia y Bruno ¡Al rescate!
—¡No es hora de dodmid! —dijo una vocecilla soñolienta—. Los búhos no se han ido a la cama, ¡y yo tampoco lo haré hasta que me cantes una canción!
—¡Oh, Bruno! —exclamó Silvia—. ¿Es que no sabes que los búhos acaban de despertarse? Pero las ranas se fueron a la cama hace un siglo.

—Pues yo no soy una daña —arguyó Bruno.
—¿Qué quieres que cante? —preguntó Silvia, evitando con habilidad la discusión.
—Pdegúntale al hombde señod —respondió Bruno de manera indolente, juntando las manos detrás de su cabeza de pelo rizoso, y tumbándose de espaldas sobre su hoja de helecho, hasta que esta estuvo a punto de combarse bajo su peso—. Esta hoja no es cómoda, Silvia. ¡Búscame otda, pod favod! —añadió, como una idea de último momento, obedeciendo a un dedo de advertencia levantado por Silvia—. ¡No me gusta estad cabeza abajo!
