Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Creo que te entiendo —repuso el earl—. La música del Cielo puede ser algo que esté más allá del poder de nuestra imaginación. ¡Pero aun asÃ, la música terrenal es hermosa! Muriel, hija mÃa, ¡cántanos algo antes de que nos vayamos a la cama!
—Adelante —la animó Arthur, mientras se levantaba de su asiento y encendÃa las velas que habÃa encima del piano vertical que habÃa sido recientemente desterrado del salón para dejar sitio a un piano «de medÃa cola»—. Aquà hay una canción que nunca te he oÃdo cantar:
¡Yo te saludo, espÃritu risueño!
¡Pájaro nunca fuiste tú,
que desde el Cielo, o sus inmediaciones,
viertes el corazón entero![*],
leyó de la partitura que habÃa abierto frente a ella.
—¡Y nuestra breve vida aquà —dijo el earl a continuación— es, respecto a esa hora grandiosa, como un dÃa de verano para un niño! El cansancio se va apoderando de uno a medida que la noche avanza —añadió, con un deje de tristeza en su voz— ¡y empieza a desear irse a la cama! Y escuchar esas gratas palabras: «¡Vamos, pequeño, es hora de dormir!».