Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Arthur nos brindó una larga y afectuosa despedida al earl y a mí y salió de la habitación, acompañado tan sólo por su esposa, quien estaba sobrellevando con valentía la situación, y se encontraba —exteriormente, al menos— menos embargada por la emoción que su anciano padre. Esperamos en la habitación unos minutos, hasta que el sonido de las ruedas nos indicó que Arthur había partido, e incluso entonces esperamos un poco más a que los pasos de lady Muriel, que subían las escaleras hasta su cuarto, se perdieran en la distancia. Sus pisadas, habitualmente tan ligeras y animadas, sonaban ahora lentas y fatigadas, como las de alguien que arrastrara una carga de irremediable tristeza, y yo me sentí casi tan abatido y desdichado como ella. «¿Estamos destinados, nosotros cuatro, a volver a encontrarnos alguna vez a este lado de la tumba?», me pregunté, mientras regresaba a casa. Y el repicar de una campana distante pareció responderme: «¡No! ¡No! ¡No!».