Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Un dueto de hadas
El año —¡qué año lleno de acontecimientos había sido para mí!— estaba llegando a su fin, y el breve día invernal apenas ofrecía luz suficiente para reconocer los viejos objetos familiares, estrechamente ligados a tantos recuerdos felices, cuando el tren describió suavemente la última curva antes de entrar en la estación, y el ronco grito de «¡Elveston! ¡Elveston!» resonó a lo largo del andén.
Me entristecía regresar al lugar y sentir que nunca jamás volvería a ver la jovial sonrisa de bienvenida que había aguardado mi llegada hacía tan pocos meses. «Y, con todo, si lo encontrase aquí —susurré, mientras seguía con ensimismamiento al mozo que llevaba mi equipaje en una carretilla—, y si “de pronto estrechara mi mano y preguntase mil cosas sobre mi hogar”, ello no… “ello no me resultaría extraño”[*]».
Tras haber dado instrucciones de que transportaran mi equipaje a mi antiguo alojamiento, abandoné la estación solo y a paso tranquilo, para hacer una visita, antes de instalarme en mi propia casa, a mis viejos y queridos amigos —pues así los consideraba, realmente, aunque casi no hacía ni medio año desde que los había conocido—: el earl y su hija enviudada.
