Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Estupendo —contestó milady, con gran énfasis, y retomó de nuevo la lectura—: «Ítem: que el contenido del Tesoro sea conservado intacto». ¡Caramba, eso se ha cambiado a «estará a la absoluta disposición del vicerrector»! ¡Oh, Sibi, qué truco más astuto! ¡Sólo imagínatelo: todas las joyas! ¿Puedo ir a ponérmelas directamente?
—Esto… todavía no, amorcito —repuso de manera incómoda su esposo—. Entiende que la opinión pública aún no está del todo lista para ello. Debemos ir con tiento. Por supuesto tendremos el carruaje para nosotros de inmediato. Y yo tomaré el título de emperador tan pronto como podamos celebrar elecciones. Pero será difícil que toleren que usemos las joyas mientras sepan que el rector sigue vivo. Debemos extender el rumor de que ha muerto. Una pequeña conspiración…
—¡Una conspiración! —gritó contentísima la dama, dando palmas—. ¡Qué sorpresa, me encantan las conspiraciones! ¡Con lo interesantes que son!
El vicerrector y el canciller intercambiaron unos guiños.
—¡Que conspire todo lo que quiera! —susurró el astuto canciller—. ¡No hará ningún daño!
—¿Y la conspiración cuándo…?