Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Chsss! —la cortó a toda prisa su marido al abrirse la puerta, por la cual entraron Silvia y Bruno, entrelazados en un tierno abrazo, este último sollozando convulsivamente, con el rostro hundido en el hombro de su hermana, y ella más seria y callada, pero con ríos de lágrimas deslizándose por sus mejillas.

—¡No debéis llorar así! —dijo el vicerrector con severidad, mas sin causar efecto en los llorosos niños—. ¡Anímalos un poco! —le indicó a milady.

—¡Bizcocho! —murmuró para sí milady con gran decisión, cruzó la sala y abrió un armario, del cual regresó enseguida con dos trozos de bizcocho con pasas—. ¡Comed, y no lloréis! —fueron sus escuetas y sencillas órdenes, y los pobres niños se sentaron uno junto al otro, pero no parecían tener ganas de comer.

La puerta se abrió por segunda vez, o más bien la empujaron violentamente, en esta ocasión, cuando Uggug irrumpió como loco en la sala, gritando:

—¡Ya está aquí otra vez ese viejo pordiosero!

—No debe dársele comida… —empezó a decir el vicerrector, pero el canciller lo interrumpió:

—No se preocupe —dijo, en voz baja—: los criados ya han recibido órdenes.

—Está justo aquí abajo —señaló Uggug, que se había acercado a la ventana y estaba mirando al patio.


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