Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¿Dónde, cielito? —dijo su cariñosa madre, arrojando sus brazos en torno al cuello del pequeño monstruito. Todos nosotros (excepto Silvia y Bruno, que no prestaban atención a lo que ocurría) la seguimos a la ventana. El viejo pordiosero levantó la vista hacia nosotros con ojos hambrientos.
—¡Sólo un mendrugo, alteza! —rogó. Era un anciano de rasgos apuestos, pero daba la triste impresión de estar enfermo y exhausto—. ¡Un mendrugo es lo que imploro! —repitió—. ¡Un simple mendrugo y un poco de agua!
—¡Aquí tienes agua, bébetela! —bramó Uggug, vertiendo una jarra de agua sobre la cabeza del viejo.

—¡Bien hecho, hijo! —gritó el vicerrector—. ¡Así es como hay que tratar a esa gente, para que aprenda!
—¡Qué niño más listo! —convino la vicerrectora—. ¿Verdad que es muy alegre?
—¡Que lo muelan a palos! —voceó el vicerrector, mientras el viejo pordiosero sacudía el agua de su capa raída y volvía a levantar la vista en actitud sumisa.
—¡Que le apliquen un atizador al rojo! —volvió a coincidir milady.