Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Posiblemente no hubiera a mano ningún atizador al rojo vivo, pero pasados unos momentos hicieron su aparición unos cuantos palos y unos rostros amenazadores que rodearon al pobre y viejo vagabundo, el cual, con silenciosa dignidad, les hizo señas para que no se acercaran.
—No hace falta que rompáis mis viejos huesos —dijo—. Me voy. ¡Ni un simple mendrugo!
—¡Pobde, pobde anciano! —exclamó una vocecilla a mi lado, medio ahogada en sollozos. Bruno estaba en la ventana, intentando arrojar por ella su trozo de bizcocho con pasas, pero Silvia lo detuvo.
—¡Le voy a dad mi bicicocho! —gritó Bruno, luchando con vehemencia por liberarse de los brazos de su hermana.
—¡SÃ, sÃ, cariño! —le suplicó Silvia con delicadeza—. ¡Pero no lo tires por la ventana! Ya se ha ido, ¿no lo ves? Vayamos a buscarlo. —Y Silvia se lo llevó fuera de la sala sin que ningún otro de los presentes se diera cuenta, pues estaban totalmente absortos mirando al viejo pordiosero.
Los conspiradores volvieron a sus asientos y retomaron su conversación en voz baja para que Uggug, que seguÃa aún en la ventana, no los oyera.
—Por cierto, el viejo acuerdo decÃa algo sobre que Bruno heredarÃa la rectorÃa —recordó milady—. ¿Cómo queda eso en el nuevo?