Silvia y Bruno
Silvia y Bruno El canciller soltó una risita.
—Exactamente igual, palabra por palabra —dijo—, con una salvedad, milady. En vez de «Bruno», me he tomado la libertad de poner… —bajó la voz hasta un susurro— ¡de poner «Uggug», ya sabe!
—¡Uggug, cómo no! —exclamé, en un arranque de indignación que no pude seguir conteniendo. Pronunciar incluso aquella única palabra me resultó un esfuerzo titánico; mas, una vez proferido aquel grito, todo esfuerzo cesó de inmediato: la escena entera desapareció barrida por una ráfaga de viento y me vi incorporado en mi asiento, con la mirada fija en la joven dama del rincón opuesto del vagón, la cual se habÃa levantado el velo del rostro, y me observaba con una expresión de divertida sorpresa.