Silvia y Bruno

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Capítulo 5

El palacio de un pordiosero

Estaba seguro de haber dicho algo al despertar: el grito ronco y ahogado resonaba aún en mis oídos, incluso en caso de que la expresión de sobresalto de mi compañera de viaje no fuera prueba suficiente, pero ¿qué podía decir yo a modo de disculpa?

—Espero no haberla asustado —tartamudeé finalmente—. No tengo ni idea de qué he dicho. Estaba soñando.

—Ha dicho: «¡Uggug, cómo no!» —respondió la joven dama, con labios trémulos que se arqueaban con voluntad propia para formar una sonrisa, pese a todos los esfuerzos de ella por parecer seria—. Al menos, no lo dijo, ¡10 gritó!

—Lo lamento mucho —fue todo lo que pude decir, sintiéndome muy arrepentido e impotente. «¡Tiene los ojos de Silvia!», pensé para mis adentros, medio dudando si, incluso ahora, me encontraba realmente despierto. «Y esa dulce expresión de inocente asombro es también totalmente propia de ella. Pero Silvia no posee ese gesto resuelto y sereno en los labios, ni esa expresión distante de tristeza soñadora, como de alguien que ha sufrido un profundo pesar, hace largo tiempo…». Y la avalancha de divagaciones a punto estuvo de impedirme oír las siguientes palabras de la dama.


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