Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —Si hubiera tenido una novela de terror en las manos —continuó ella—, algo sobre fantasmas o dinamita, o asesinatos a medianoche, resultarÃa comprensible: esas historias no valen el chelÃn que cuestan a menos que le causen a uno pesadillas. Pero a decir verdad, refiriéndose únicamente a un tratado de medicina, sabe usted… —Y echó una mirada, con un lindo y desdeñoso encogimiento de hombros, al libro con el que me habÃa quedado dormido.
Su simpatÃa, y total naturalidad, me dejó desconcertado durante unos instantes, aunque no habÃa en la chiquilla (pues aparentaba ser, prácticamente, una chiquilla: imaginé que apenas habrÃa cumplido los veinte años) ni el más leve dejo de insolencia, o descaro; era por completo la inocente franqueza de un visitante angelical, no familiarizado aún con las costumbres terrenales y los convencionalismos (o, si se prefiere, la barbarie) de la sociedad. «No obstante —cavilé—, en otros diez años, Silvia tendrá su aspecto, y hablará como ella».
—¿Entonces los fantasmas no le preocupan —me atrevà a plantear—, a menos que sean verdaderamente aterradores?