Silvia y Bruno
Silvia y Bruno El cuento del cerdo
A esas alturas, los apetitos de los invitados parecÃan casi saciados, y hasta Bruno se atrevió a decir, al ofrecerle el profesor un cuarto trozo de pudin de pasas: «¡Cdeo que tdes son suficientes!».
De pronto el profesor dio un respingo como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica.
—¡Caramba, casi me olvido de la parte más importante del acto! El otro profesor ha de recitar un cerdo de un cuento… quiero decir, un cuento de un cerdo —se corrigió a sà mismo—. Tiene unas estrofas introductorias al principio, y al final.
—No puede tener estrofas introductorias al final, ¿o s� —dijo Silvia.
—Espera a escucharlo —la instó el profesor—, entonces lo entenderás. No estoy seguro de que no tenga también alguna por la mitad. —Se puso en pie en ese momento, y se produjo un silencio instantáneo en todo el salón de banquetes; evidentemente, esperaban un discurso.
