Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Los pajarillos dormitan
entre los bolos de un campo,
donde gana el derrotado;
donde, digo, como quiere
estornuda, si le viene.
Y aquí da inicio el relato.
Había una vez un cerdo sentado a solas
junto a una fuente rota,
que día y noche se lamentaba;
a un corazón de piedra habría conmovido
verlo retorcerse las pezuñas y soltar gemidos
porque era incapaz de saltar.
Un cierto camello oyó sus voces
—un camello con joroba—:
«¡Oh!, ¿se trata de un pesar, o de gota?
¿A qué vienen esos berridos?».
Y el cerdo contestó, con morro tembloroso:
«¡Es que no puedo saltar!».
Aquel camello lo escrutó con ojos soñolientos.
«En mi opinión, estás demasiado rechoncho.
Jamás conocí a un cerdo tan grueso,
que se bamboleara tanto al andar,
y que pudiese, por mucho que lo intentara,
¡hacer algo semejante a saltar!

»Aun así, ¿ves aquellos árboles, a dos millas de aquí,