Silvia y Bruno
Silvia y Bruno hasta un muro de tres metros alcanzar,
¡descubrirás que puedes saltar!».
El cerdo alzó la vista con un respingo de gozo:
«¡Oh, rana, eres formidable!
Tus palabras han curado mi intenso dolor.
Vamos, di lo que quieres y cumple tu parte:
trae consuelo a un quebrado corazón
¡enseñándome a saltar!».
«El pago será de carnero una chuleta.
Y esta fuente rota mi meta.
¡Observa con qué suavidad
me planto en lo alto!
Ahora dobla las rodillas y ¡alehop!:
¡así es como se da un salto!».

El cerdo se levantó y arremetió de lleno
contra la fuente rota;
cayó rodando como un saco vacío
hasta quedar de espaldas tendido,
rompiéndose de una vez todos los huesos.
Fue un salto fatal.
Cuando el otro profesor terminó de recitar esta última estrofa, cruzó el salón hasta la chimenea y metió la cabeza por el conducto. Al hacerlo, perdió el equilibrio, cayó de cráneo en la parrilla vacía y quedó tan firmemente atascado en ella que llevó cierto tiempo conseguir sacarlo de allí.