Silvia y Bruno

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Capítulo 24

El retorno del pordiosero

—¡Alteza imperial! —empezó a decir—. ¡Es el viejo pordiosero otra vez! ¿Le echo los perros?

—¡Traedlo aquí! —ordenó el emperador.

El canciller apenas podía dar crédito a sus oídos.

—¿Aquí, alteza imperial? ¿He entendido correctamente…?

—¡Traedlo aquí! —rugió de nuevo el emperador. El canciller atravesó el vestíbulo tambaleándose y, un momento después, la multitud se abrió y se vio entrar en el salón de banquetes al pobre y viejo pordiosero.

Se trataba desde luego de una visión lastimosa: los harapos que colgaban de su cuerpo estaban totalmente salpicados de barro; su cabello cano y su larga barba se encontraban salvajemente revueltos. Aun así, caminaba erguido, con paso majestuoso, como si estuviese acostumbrado a impartir órdenes, y, lo que resultaba más extraño de todo, Silvia y Bruno lo acompañaban, aferrados a sus manos y mirándolo con mudas expresiones de amor.

La gente permanecía expectante para ver cómo recibiría el emperador al osado intruso. ¿Lo tiraría rodando por las escaleras del estrado? Pero no. Para su completo asombro, el emperador se arrodilló al acercarse el pordiosero, y con la cabeza inclinada murmuró:

—¡Perdónanos!


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