Silvia y Bruno
Silvia y Bruno El retorno del pordiosero
—¡Alteza imperial! —empezó a decir—. ¡Es el viejo pordiosero otra vez! ¿Le echo los perros?
—¡Traedlo aquÃ! —ordenó el emperador.
El canciller apenas podÃa dar crédito a sus oÃdos.
—¿AquÃ, alteza imperial? ¿He entendido correctamente…?
—¡Traedlo aquÃ! —rugió de nuevo el emperador. El canciller atravesó el vestÃbulo tambaleándose y, un momento después, la multitud se abrió y se vio entrar en el salón de banquetes al pobre y viejo pordiosero.
Se trataba desde luego de una visión lastimosa: los harapos que colgaban de su cuerpo estaban totalmente salpicados de barro; su cabello cano y su larga barba se encontraban salvajemente revueltos. Aun asÃ, caminaba erguido, con paso majestuoso, como si estuviese acostumbrado a impartir órdenes, y, lo que resultaba más extraño de todo, Silvia y Bruno lo acompañaban, aferrados a sus manos y mirándolo con mudas expresiones de amor.
La gente permanecÃa expectante para ver cómo recibirÃa el emperador al osado intruso. ¿Lo tirarÃa rodando por las escaleras del estrado? Pero no. Para su completo asombro, el emperador se arrodilló al acercarse el pordiosero, y con la cabeza inclinada murmuró:
—¡Perdónanos!
