Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Le devolvà el libro, con expresión, supongo, algo perpleja, mientras la dama reÃa alegremente ante mi desconcierto.
—Es mucho más emocionante que algunos fantasmas modernos, ¡se lo aseguro! Encontré un fantasma el mes pasado… no hablo de un fantasma real en… en el mundo sobrenatural, sino en una revista. Era un fantasma absolutamente insulso. ¡No habrÃa asustado ni a un ratón! ¡Ni siquiera se trataba de un fantasma al que uno le ofrecerÃa una silla para sentarse!
«¡Ser un septuagenario, calvo y con anteojos tiene sus ventajas después de todo! —me dije—. En vez de un joven tÃmido y una doncella, intercambiando monosÃlabos con voz entrecortada entre terribles silencios, nos encontramos aquà con un anciano y una chiquilla, totalmente a sus anchas, ¡charlando como si se conociesen desde hace años!».
—¿Cree usted entonces —proseguà en voz alta— que en ocasiones deberÃamos pedirle a un fantasma que se sentase? ¿Acaso poseemos autoridad alguna para ello? En Shakespeare, por ejemplo… ahà aparecen muchos… ¿hace Shakespeare alguna vez la acotación: «Cede una silla al fantasma»?
La dama adoptó una expresión intrigada y pensativa durante un instante: luego hizo un ademán de aplauso.