Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Sí, así es! —gritó—. Le hace decir a Hamlet: «¡Descansa, descansa, espíritu turbado!».

—Y con eso, imagino, ¿se refiere a una butaca?

—A una mecedora americana, creo…

—¡Estación de Fayfield, milady, cambio de tren a Elveston! —anunció el jefe de tren, abriendo de golpe la puerta del vagón: y pronto nos encontramos, rodeados por todo nuestro equipaje, en el andén.

El alojamiento proporcionado a los pasajeros que esperaban en aquella estación de empalme resultaba claramente inadecuado: un único banco de madera, diseñado al parecer como asiento sólo para tres personas; e incluso este ya se encontraba ocupado en parte por un hombre muy mayor, con blusa de obrero, que se hallaba sentado, con los hombros encorvados, la cabeza gacha y las manos aferradas a la cabeza de su bastón a modo de almohada para ese rostro arrugado y su gesto de paciente fatiga.

—¡Vamos, fuera de aquí! —abordó con rudeza el jefe de estación al pobre anciano—. ¡Lárgate, y deja sitio a tus mejores! ¡Por aquí, milady! —añadió en un tono completamente diferente—. Si la señora quiere sentarse, el tren llegará en pocos minutos. —El servilismo de su comportamiento se debía, sin duda, a la dirección que podía leerse en el montón de equipaje, que anunciaba que su dueña era «lady Muriel Orme, pasajera a Elveston, vía estación de Fayfield».


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