Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¡Seguidme! —fueron las siguientes palabras que oÃ, mientras el anciano movÃa una mano, con una elegancia majestuosa que no se correspondÃa con sus harapientas ropas, sobre un arbusto que se hallaba al borde del camino, el cual comenzó en el acto a hundirse en la tierra. En otro momento habrÃa dudado de lo que veÃan mis ojos, o por lo menos sentido cierto asombro; pero, en aquella extraña escena, todo mi ser parecÃa absorbido por una intensa curiosidad respecto a qué sucederÃa después.
Cuando el arbusto desapareció por completo de nuestra vista, se reveló una escalera de mármol que descendÃa en la negrura. El anciano abrió la marcha, y nosotros lo seguimos expectantes.
La escalera estaba tan oscura, al principio, que únicamente me era posible ver las siluetas de los niños mientras, cogidos de la mano, bajaban a tientas en pos de su guÃa, pero cada vez fue habiendo más y más luz, un extraño resplandor argénteo, que parecÃa darse en el aire, ya que no habÃa lámparas a la vista, y, cuando por fin llegamos a una zona de suelo llano, la sala en la que nos encontramos estaba iluminada casi como a plena luz del dÃa.