Silvia y Bruno

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Era octogonal, con un esbelto pilar en cada ángulo, alrededor de los cuales había enroscadas colgaduras de seda. Las paredes entre los pilares estaban totalmente cubiertas, hasta una altura de unos dos metros, con enredaderas, de las que pendían gran número de frutas maduras y flores brillantes, que prácticamente tapaban las hojas. En otro lugar, tal vez, me habría maravillado ver frutas y flores creciendo juntas; allí, mi mayor asombro era que jamás había contemplado antes frutas o flores como aquellas. Por encima de ellas, cada muro albergaba una vidriera circular, y rematando todo había una cúpula que parecía estar cubierta por entero de joyas.

Con asombro escasamente menor, me giré hacia un lado y a otro, tratando de averiguar cómo habíamos logrado entrar en la sala, pues no había ninguna puerta y todas las paredes se hallaban cubiertas por las preciosas y tupidas enredaderas.

—¡Aquí estamos a salvo, queridos míos! —dijo el anciano, poniendo una mano sobre el hombro de Silvia, y agachándose para darle un beso. Silvia se apartó presurosa, con aire ofendido, pero un momento después, exclamando con alegría «¡Pero si es padre!», se había lanzado a sus brazos.


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