Silvia y Bruno
Silvia y Bruno El guardapelo mágico
—¿Dónde estamos, padre? —susurró Silvia, abrazando con fuerza el cuello del anciano, y con su mejilla sonrosada apretada afectuosamente contra la de él.
—En Elfolandia, cariño. Es una de las provincias de Hadalandia.
—Pero yo creÃa que Elfolandia estaba lejÃsimos de Exotilandia, ¡y hemos recorrido una distancia ridÃcula!
—Vinisteis por el Camino Real, cielo. Sólo aquellos de sangre real pueden viajar por él, pero tú lo eres desde que me nombraron rey de Elfolandia, lo cual fue hace casi un mes. Enviaron dos embajadores para asegurarse de que su invitación, para ser su nuevo soberano, me llegara. Uno era un prÃncipe, de modo que pudo venir por el Camino Real, y hacerlo sin que nadie salvo yo lo viera; el otro era un barón, asà que tuvo que viajar por el camino normal, y me imagino que aún no ha llegado.
—¿Entonces cuánto hemos viajado? —inquirió Silvia.
—Sólo unas mil millas, cielo, desde que el jardinero os abrió la puerta.
—¡Mil millas! —repitió Bruno—. ¿Puedo comedme una?
—¿Comerte una milla, pequeño granuja?
