Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—No —corrigió Bruno—. Me defiero a si puedo comedme una de esas fdutas.

—Sí, hijo —asintió el padre—; entonces descubrirás cómo es el placer: el placer que todos ansiamos con tanta locura, ¡y disfrutamos con tanto pesar!

Bruno corrió entusiasmado a la pared y cogió una fruta cuya forma era similar a la de un plátano, pero que tenía el color de una fresa.

Se la comió con una sonrisa de felicidad que fue decayendo gradualmente, hasta convertirse, cuando se la hubo terminado, en un rostro verdaderamente apático.

—¡No sabe a nada! —se quejó—. ¡No notaba nada en la boca! Es un… ¿cómo era esa palabda tan difícil, Silvia?

—Era un flizz —contestó Silvia muy seria—. ¿Son todas así, padre?

—Lo son para vosotros, cariño, porque no pertenecéis a Elfolandia, todavía. Pero para mí son reales.

Bruno puso cara de extrañeza.

—¡Pdobaré con otdo tipo Aefdutas! —dijo, y se bajó de la rodilla del rey con un saltito—. Hay algunas a dayas muy bonitas, ¡como un adcoiris! —Se alejó a la carrera.


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