A mi madre
A mi madre mientras herida de mortal espanto
moras en el profundo tenebroso?
¿Llegará a tanto el insensible olvido?...
¿La ingratitud del hombre a tanto alcanza,
que entre uno y otro lazo desunido
ceda siempre al vaivén de la mudanza?
¡Odioso y torpe proceder de un hijo,
a quien la dulce madre en su agonía,
con besos y caricias le bendijo
olvidando el dolor por que moría!
VIII
Nunca permita Dios que yo te olvide,
mi santa, mi amorosa compañera:
¡Nunca permita Dios que yo te olvide
aunque por tanto recordarte muera!
Venga hacia mí tu imagen tan amada
y hábleme al alma en su lenguaje mudo
ya en la serena noche y reposada,
ya en la que es parto del invierno crudo.
Y que en tu aislado apartamiento fiero,
tan ajeno del hombre y su locura,
velen, mi llanto y mi dolor primero,
al lado de tu humilde sepultura.