El Cadiceño
El Cadiceño Rosalía de Castro
(1866)
Allá lejos, por el camino que blanquea entre los viñedos y maizales, veo aparecer, como caballeros con lanza en ristre, dos hombres bélicamente armados de enormes paraguas, y cuyo aire y contoneo viene diciendo: «¡Qué entramos!»
Y a fe que no sé si retirarme de la ventana por temor a un reto de esos que hacen estremecer las inanimadas piedras y temblar a las montañas. ¡Han aprendío tanto esos benditos allá por las tierras de María Santísima! Voelven tan sabíos y avisaos que no sería extraño adivinasen, con sólo mirarme el rostro, que estaba tomándole la filiación para hacer su retrato.
Y atrévase cualquiera a mostrar a su prójimo, siquiera en leve bosquejo, las grandes narices o las grandes orejas con que le dotó la pródiga Naturaleza. ¡Oh! yo sé perfectamente cuán peligrosa es tal oficio. Pronto el de las grandes orejas o el de las grandes narices, sin pararse a considerar que no todos podemos ser, y de ello me pesa, lo que se dice miniaturas, se volverá iracundo contra el artista, diciendo:
—Voy a romperle a usted el alma; yo no soy ese fantasma que acaba usted de diseñar. Usted hace caricaturas en vez de retratos.
