El Cadiceño

El Cadiceño

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Y si el artista es tímido, tiene entonces que volver a coger el pincel, y en dos segundos, ¡chif! ¡chaf? pintar las orejas y las narices más cucas del Universo.

Mas no haré yo tal por sólo obedecer a una exigencia injusta, que, antes que nada, el hombre debe ser fiel a la verdad, y el artista, a la verdad y al arte. Quieran, pues, o no quieran los que escupen por el colmillo, me decido a cumplir con la espinosa misión que me ha sido encomendada, y advierto que, como mi conciencia juega siempre limpio en tales lances, de hoy más serán inútiles las protestas, inútiles así mismo las amenazas vanas.

Siento en mí un inexplicable pero hondo deseo de desahogar el mal humor que me produce la variedad del tiempo, que ora es claro, ora nebuloso, ora frío, ora astidiosamente templado, y he resuelto entretenerme en dibujar varios tipos. Si a las gentes les pareciese demasiado atrevido o trivial este propósito, murmuren de ello en buen hora; pero no olviden que el mundo es una cadena; que el que con hierro mata con hierro muere; que todos pecamos, y, por último, que quien escribe estas páginas sabe harto bien que sin haber dado permiso para ello, no habrá dejado más de un aprendiz de dibujo de hacer su caricatura.


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