El Cadiceño
El Cadiceño Dos pollinos cargados con baúles hasta reventar siguen humildemente a los hombres de los paraguas, que ítem más de este mueble incómodo, y a pesar de estar en el mes de junio, traen grandes capas y botas bien aforraas y comprías, cuando la seguedaz y el calor convidan a andar descalzo por entre la fresca hierba.
Al llegar a las puertas de la ciudad empiezan ya a preguntar en dónde haberá una posaa de las boenas y de segoriá, por lo que hay que perder. Pero como antes de encontrarla quieren lucir las bayules de coero de Montevideo y demás prendas y alquipaje, atraviesan por las calles prencipales, fumando un habano de mejor cualiá y hablando el andalú más desfigurao que pueda oír una criatura racional.
Mas, a decir verdad, hablan con tal desenfado y arrogancia, con una fachenda tan compría, escupen al uso de los currillos con una gracia tan semellante a la suya, que naide, al verlos, deja de conocer que acaban de abandonar a la gaditana gente.
Cuando se han alojado, todo lo quieren a la usanza de afoera, porque dendes que degaron el país, en jamás han poío arrostrar un chopo e caldo, como non fuese limpio, con hartura de garabanzos...
—¿Cuánto tiempo han estado ustedes en Cádiz? —les pregunta la patrona.
