El Cadiceño
El Cadiceño —¡Ya hay! —responde uno—. Pro mi parte, dus años y cinco dÃas, y ainda más media miñana del güeves, en que me embarqué en la badÃa de Cais, y mi amigo, tres años y tres meses, en MalparaÃso.
—¡Vaya, que ya traen corrido mundo! —dice la patrona—, mientras que uno no sabe salir del lugar en donde nació. ¡Y qué bien se les ha pegado el castellano, que parece que lo mamaron con la leche, y lo mismo los modos de por allá!
—¡Toma! —respondió uno con mucho garbo, mientras guiña un ojo y tuerce todo el cuerpo sobre una cadera—. Lo mesmo me icÃan por allá las chicas: «Jazú —escramaba la Guana cuando me vestÃa de curro—. Este jallejo tanta gracia errama, que parez qu'a nacÃo entre la gente zalá». Pro que neturalmente, dendes que salÃn da terra, nunca pueden volver a la fala, ¡de verdad!
—¡Pues n'a ser verdá! —prosigue el otro—. Pro la Habana, y pro Cais, todos los del puebro, chequitos y grandes, habran el andalú, y no coma por aquÃ, que son gallegos coma las vacas.
—Cierto es —contesta la patrona, que es tan cerrada de mollera como ellos—. A ir yo a esas tierras, no hubiera vuelto a la mÃa, que siquiera por sólo oÃr hablar a todo el mundo castellano y andaluz, estarÃa uno a media ración... Además de que, según me han dicho, tan buenos son esos pueblos de afuera, que no se ve en las plazas pan de brona, porque parece que no lo hay.
