El Cadiceño
El Cadiceño —¡Qu'ha haber, señora! ¿Brona? Ni los perros la arrostran, ni la hay en el mundo coma no sea aquÃ. Pan branco de diario y a pasto, lo comen pobres y ricos en Cais. Por la mañana m'angollaba yo de un bocao un panisillo, y después, los que caÃan por to el dÃa.
—¡Cuánto bien de Dios! No sucede aquà tal cosa, no; que con leche o papas tiene uno que contentarse.
—Po allá carilla va la lecha; pro an ravierso lo el panisillo n'es na. Sepa osté que a la mediodÃa tomaba coma un caballero mi puchera con un cuartarón de carne, patacas correspondientes y garabanzos, un neto de vino de lo tinto, y andandito.
—¡Qué le parece! ¿Y por la noche?
—De cea, a según; pro a de cote, un jaspacho, que m'hacÃa la Guana de lo chichirico.
—Ahà tienen ustedes. ¡Miren qué vida de reyes! ¡Y vaya a pedir aquà todo eso, que ya se encontrará! Sobre todo ese gaspacho o jaspacho, que no sé lo que es, pero que, de seguro, debe de saber muy bien por estar hecho al uso de esas tierras.
—Pro savÃo, señora. Se como crúo y parés cocÃo.
—Eso más, y dÃgame: ¿a qué vendrán aquà las gentes de esos pueblos benditos de Dios, y lo que es más, se quedarán en este desierto, donde no es costumbre hacer gazpachos?
