El Cadiceño
El Cadiceño —S quedan de prisión y no acaban lo que les es menester; algunos dirán que por aquà se comen las boenas froitas, y lagumes, y peixe...; pro de verdá, en noestra tierra sólo se atopa morriña; dego los peixes, y las froitas, y las ],egumes a quien las quiera, a voyme a foera a buscar los cuartos.
—¿Y cómo ustedes no se quedaron por allá lejos, en donde no oyesen hablar más de Galicia?
—Tenemos mentres de volver a marchar, y solo vimos a trajerle a nostra gente las boenas cosas que ganamos. A mà no me abastaron todavÃa coatro bayules bien atacaos, y tiven que dejar en cas de un campanero varios afeutos, que me mandará por embarque...
—Eso es sabido; ninguno va afuera que no venga rico, sobre todo, los cadiceños —murmura la patrona sonriendo.
—Yo, tal cual —dijo el de Cádiz, escupiendo con desdén por el colmillo—; por lo que a mà respeuta, no es por fachenda, pro tengo pa una infirmidá y pa una ocasión, y pa poner mi casa a estilo de Cais.
—¡Vaya, vaya; que ya pueden estar contentos! ¿Y de qué lugar son?
—De Santa MarÃa de Meixide...; pro..., compañero, seica ya no daremos con la vreda, poes con motivo de haber estao foera, se nos haberá barrido de la memoria.
—¡Queixáis! —responde gravemente el de la Habana—. Buscaremos quien nos lo mostre.
