El Primer loco

El Primer loco

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Un día vime precisado a abandonar Compostela; mi buen tío el sacerdote, que desde mi temprana orfandad me sirviera de padre cariñosísimo y de excelente y sabio amigo, me llamaba, como quien dice, desde las puertas del sepulcro. Tan pronto Esmeralda tuvo noticia de mi inevitable partida, su sorpresa y desconsuelo fueron inmensos, tanto que llegó a causarme verdadera inquietud. Sin duda ella no había pensado jamás que pudiese llegar un momento en que tuviésemos que separarnos. Acostumbrada por espacio de un año a la felicidad de verme diariamente, no se cuidara del nebuloso porvenir, tan incierto para todos, y dormida en su lecho de rosas ni siquiera se había atrevido a pensar que las rosas tienen también agudas espinas que hacen derramar sangre al que las arranca del rosal. Como atontada, resistíase a creer que yo iba a partir y dejarla, y sólo cuando vio que la decía adiós e iba a quedarse sola, fue cuando, poseída de una especie de frenesí, se agarró con fuerza a una de mis manos exclamando:

—Pero es verdad, ¡pobre de mí! ¿Y qué voy a hacer yo ahora? No; no puede ser, no me deje usted, porque me moriré de pesar.




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