Las literatas
Las literatas Hace algún tiempo, el barbero de mi marido se presentó circunspecto y orgullosamente grave. Habiendo tropezado al entrar con la cocinera, le alargó su mano y la saludó con la mayor cortesÃa, diciendo: «A los pies de usted, MarÃa: ¿qué tal de salud?,» «Vamos andando —le contestó muy risueña—, ¿y usted, Guanito?» «Bien, gracias, para servir a usted.» «¡Qué fino es usted, amigo mÃo! —añadió ella, creyéndose elevada al quinto cielo porque el barberillo le habÃa dado la mano al saludarla y se habÃa puesto a sus pies —. ¡Cómo se conoce que ha pisado usted las calles de La Habana! Por aquÃ, apenas saben los mozos decir más que buenos dÃas.»
— ¡Cómo se conoce que vienes de aquella tierra! —exclamé yo para m×. Tú ya sabes, Eduarda, cuál es aquella tierra…, aquella feliz provincia en donde todos, todos (yo creo que hasta las arañas) descienden en lÃnea recta de cierta antigua, ingeniosa y artÃstica raza que ha dado al mundo lecciones de arte y sabidurÃa.
—¿Cómo no ha venido usted más antes? —le preguntó mi marido algo serio. ¿No sabÃa usted que le esperaba desde las diez?
—Cada cual tiene sus ocupaciones particulares —repuso el barbero con mucho tono y jugando con el bastón— TenÃa que concluir mi libro y llevarlo a casa del impresor, que ya era tiempo.