Las literatas
Las literatas —¿Qué libro?—repuso mi marido lleno de asombro.
—Una novela moral, instructiva y cientÃfica que acabo de escribir, y en la cual demuestro palpablemente que el oficio de barbero es el más interesante entre todos los oficios que se llaman mecánicos, y debe ser elevado al grado de profesión honorÃfica y titulada, y trascendental por añadidura.
Mi marido se levantó entonces de la silla en que se sentara para ser inmolado, y cogiendo algunas monedas, se las entregó al barbero, diciendo:
—Hombre que hace tales obras no es digno de afeitar mi cara —y se alejó riendo fuertemente; pero no asà yo, que, irritada contra los necios y las musas, abrà mi papelera y rompà cuanto allà tenÃa escrito, con lo cual, a decir verdad, nada se ha perdido.
Porque tal es el mundo, Eduarda: cogerá el libro, o, mas bien dicho, el aborto de ese barbero, a quien Dios hizo más estúpido que una marmota, y se atreverá a compararlo con una novela de Jorge Sand.
—Yo tengo leÃdas muchas preciosas obras — me decÃa un dÃa cierto joven que se tenÃa por instruido—. Las tardes de la Granja y el Manfredo de Byron; pero, sobre todo, Las tardes de la Granja me han hecho feliz.
—Lo creo — le contesté y mudé de conversación.