Poemas & Elegias

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Profetizando en otro tiempo tales aventuras de Peleo cantaron con su divino pecho las Parcas. Pues antes los habitantes 385 del cielo solían visitar en persona los castos hogares de los héroes y mostrarse en las reuniones de los mortales, todavía no despreciada por éstos la piedad religiosa. Muchas veces, el padre de los dioses en templo resplandeciente pagando su visita regular cuando llegaban los sacrificios anuales en días festivos, 390 vio caer en tierra cien toros. Muchas veces, errante Líber[197] por la más alta cima del Parnaso, condujo a las tíades que lanzaban su grito: —¡evoé!— con los cabellos sueltos, cuando los de Delfos lanzándose a porfía desde toda la ciudad recibían al dios alegres humeando sus altares. Muchas veces, en los combates 395 mortales de una guerra, Marte o la dueña del rápido Tritón[198] o la virgen ramnusia[199] exhortaron en persona a tropas humanas. Pero, una vez que la tierra se manchó con delitos sacrílegos y todos ahuyentaron la justicia de su avaro corazón, los herma400 nos empaparon sus manos con la sangre fraterna, el hijo dejó de llorar la muerte de sus padres, deseó el padre la muerte de su primogénito para, libre, apoderarse de la flor de la castidad de una virgen, luego madrastra; la madre impía, acostándose con su hijo, sin reconocerlo, no temió, impía, profanar los divinos penates. Todo lo sagrado y lo sacrilego, mezclado en mal405 vada locura, nos apartó de la mente de los dioses, emanadora de justicia. Por ello, ni se dignan visitar una sociedad semejante, ni consienten ser tocados por la luz del día.


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