Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Dos días eran ya pasados en la venta y, pareciéndoles que era tiempo de partir, dieron orden de construir como una jaula de palos enrejados en una carreta de bueyes. Luego todos se disfrazaron y, en silencio, se entraron donde estaba durmiendo don Quijote y, asiéndole fuertemente, le ataron las manos y los pies. Tomáronle luego en hombros y le encerraron dentro de la jaula, y acomodaron ésta en el carro de bueyes.

Ya de camino, le dijo don Quijote a Sancho:

—Muchas y graves historias he leído de caballeros andantes, pero jamás he leído que a los caballeros encantados los lleven de esta manera, porque siempre los suelen llevar por los aires. ¿Qué te parece todo esto, Sancho hijo?

—Pero ¿es posible que sea vuestra merced tan duro de cerebelo —respondió Sancho—, que no eche de ver que en esta su prisión tiene más parte la malicia que los hechizos? Y así, pregunto si acaso le ha venido gana de hacer aguas mayores o menores.

—Ya entiendo, Sancho. Muchas veces durante el camino, y aún ahora la tengo. ¡Sácame de este peligro!

—¡Ah! —dijo Sancho—. Cogido le tengo. Porque los que comen, beben, duermen y hacen las obras naturales que yo digo, estos tales no están hechizados, como pretende estarlo vuestra merced.


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