Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Carretero, cochero, diablo o lo que seas, no tardes en decirme quién eres y quién es la gente que llevas en tu carricoche.
—Señor —respondió mansamente el Diablo—, somos recitantes de la compañÃa de Angulo el Malo. Hemos representado esta mañana el auto Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en un pueblo cercano. Y para excusar el trabajo de volvernos a vestir, vamos con los mismos vestidos con que representamos.
—Por la fe de caballero andante —respondió don Quijote—, que imaginé que alguna grande aventura se me ofrecÃa. Y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño.
Llegó entonces uno de la compañÃa que venÃa vestido de mamarracho, el cual empezó a dar grandes saltos, sonando sus cascabales. Y esta mala visión alborotó a Rocinante, que dio a correr por el campo con más ligereza de la que jamás prometieron sus huesos. Acudió Sancho a ayudar a don Quijote, pero, cuando a él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él Rocinante, que, con su amo, vino al suelo: ordinario paradero de las lozanÃas y atrevimientos de Rocinante.
—SÃgueme, Sancho —dijo lleno de ira don Quijote—, que será bien castigar el descomedimiento de aquel demonio.