Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha Tomó entonces el Caballero del Bosque el campo que le pareció necesario, creyendo que lo mismo habrÃa hecho ya don Quijote, volvió las riendas a su caballo —que no era más ligero ni de mejor parecer que Rocinante—, y a todo correr, que era un mediano trote, iba a encontrar a su enemigo, cuando, viéndolo ocupado en la subida de Sancho, detuvo las riendas. Don Quijote, que le pareció que ya su enemigo venÃa volando, arrimó reciamente espuelas a las escuálidas ijadas de Rocinante, y cuenta la historia que esta sola vez se le conoció haber corrido algo. En esta coyuntura, halló don Quijote a su contrario embarazado con su caballo y ocupado con su lanza, que no acertó a ponerla en ristre. Y le golpeó con tal fuerza, que mal de su grado le hizo venir al suelo.
Apeose de Rocinante y fue sobre el caÃdo, quitándole el yelmo para ver si era muerto… Y vio… ¿quién podrÃa decir lo que vio, sin causar maravilla y espanto a los que lo oyeran? Vio, dice la historia, el mismo rostro, la misma figura, la misma efigie, la perspectiva misma del bachiller Sansón Carrasco. Y asà como lo vio, en altas voces dijo:
—¡Acude, Sancho, y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y encantadores!
Llegó en esto el escudero del de los Espejos, ya sin sus narices, y a grandes voces dijo: