Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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En esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintados pajarillos. Reíanse las fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y los prados con la venida de la fresca aurora, cuando la primera cosa que se ofreció a los ojos de Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era de demasiada grandeza, corva y toda llena de verrugas, de color amoratado, como de berenjena, y le bajaba dos dedos abajo de la boca. En viéndola, Sancho comenzó a temblar, y se propuso dejarse dar doscientas bofetadas antes que despertar la cólera de aquel ser monstruoso.

Finalmente los dos caballeros subieron a caballo, y don Quijote volvió las riendas a Rocinante para volver a encontrar a su contrario. Sancho le suplicó entonces que le ayudase a subir a un alcornoque para ver, mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro.

—Antes creo, Sancho —dijo don Quijote—, que te quieres subir en andamio por ver sin peligro los toros.

—La verdad —respondió Sancho— es que las desaforadas narices de aquel escudero me tienen lleno de espanto, y no me atrevo a estar junto a él.

—Son tales —dijo don Quijote—, que, a no ser yo quien soy, también me asombraran. Y así, ven, que te ayudaré a subir donde dices.


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