Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha Cuenta la historia que, a mitad de esta plática, Sancho se había desviado del camino para pedir un poco de leche a unos pastores, cuando don Quijote, alzando la cabeza, vio que por el camino venía un carro lleno de banderas reales. Y creyendo que debía de ser alguna aventura, a grandes voces llamó a Sancho para que viniese a darle el yelmo. Sancho, acosado de la mucha prisa, no supo qué hacer de los requesones que había comprado y los echó en el yelmo de su señor. Tomolo don Quijote y se lo encajó en la cabeza. Y, como los requesones se exprimieron, comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas.
—¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me derriten los sesos? Por vida de, que parecen requesones.
A lo que con gran flema y disimulación respondió Sancho:
—Si son requesones, démelos vuestra merced, que yo me los comeré… Pero cómalos el diablo, que debió ser él, no yo, el que ahí los puso.
Llegó en esto el carro de las banderas, y don Quijote púsose delante, preguntando al carretero quién era y adónde iba.
—El carro es mío —respondió el carretero—. En él van dos leones que el general de Orán envía a la corte. Ahora van hambrientos porque no han comido hoy, y, así, es mejor que vuestra merced se desvíe.