Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Al otro día, a las dos de la tarde, llegaron a la cueva, cuya boca era espaciosa y ancha, pero llena de zarzas y malezas, tan espesas e intrincadas, que del todo la encerraban y cubrían. En viéndola se apearon, y el guía y Sancho ataron luego fortísimamente a don Quijote con una soga. Don Quijote se hincó de rodillas e hizo una oración en voz baja, pidiendo a Dios le ayudase en aquella, al parecer, peligrosa y nueva aventura. Luego se encomendó en voz alta a su señora Dulcinea y se acercó a la sima. Vio no ser posible descolgarse, sino a fuerza de cuchilladas, y así, poniendo mano a la espada, comenzó a cortar aquellas malezas, por cuyo ruido salieron una infinidad de grandísimos cuervos, tan espesos y con tanta prisa, que dieron con don Quijote en el suelo. Y, si él fuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal.

Finalmente, dándole soga el guía y Sancho, se dejó bajar al fondo de la caverna espantosa. Y al entrar, echándole su bendición y haciendo sobre él mil cruces, dijo Sancho:

—¡Allá vas, valentón del mundo, flor, nata y espuma de los caballeros andantes! Dios te guíe y te vuelva libre y sano a la luz de esta vida, que dejas, por enterrarte en la oscuridad que buscas.


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