Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Nunca te he oÃdo hablar, Sancho —dijo don Quijote—, tan elegantemente como ahora. Por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú sueles decir: «No con quien naces, sino con quien paces.»
—¡Ah, señor nuestro amo! No soy yo ahora el que ensarta refranes. Los de vuestra merced vendrán a tiempo y los mÃos a deshonra, pero todos son refranes.
—Pues duerme tú, Sancho —respondió don Quijote—, que naciste para dormir. Que yo, que nacà para velar, en el tiempo que falta de aquà al dÃa daré rienda a mis pensamientos.
Iba el venido y asendereado don Quiote pensativo, cuando le dijo a Sancho:
—Sancho amigo, tu virtud no te ha costado estudio alguno, sino recibir martirios en tu persona. Pues bien, si quisieras paga por los azotes del desencanto de Dulcinea, ya te la hubiera dado. Mira, Sancho, azótate, y págate al contado, pues tienes dineros mÃos.
A cuyo ofrecimiento abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dijo a su amo:
—Son tres mil trescientos azotes, que, a cuartillo cada uno, montan tres mil trescientos cuartillos, que son ochocientos veinticinco reales.
—¡Oh, Sancho bendito! ¡Oh, Sancho amable! —respondió don Quijote—. Y mira cuándo quieres comenzar la disciplina, que porque la abrevies te añado cien reales.