Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —¿Cuándo? —replicó Sancho—. Esta noche, sin falta, me abriré las carnes.
Llegó la noche, esperada de don Quijote con la mayor ansia del mundo. Sancho, haciendo del cabestro del rucio un poderoso azote, se retiró hasta veinte pasos de su amo, entre unas hayas. Don Quijote, que le vio ir con denuedo y con brÃo, le dijo:
—Mira, amigo, que no te hagas pedazos. Quiero decir, que no te des tan fuerte que te falte la vida antes de llegar al número deseado.
—Al buen pagador no le duelen prendas —respondió Sancho.
Desnudóse luego de medio cuerpo arriba y, arrebatando el cordel, comenzó a darse, y comenzó don Quijote a contar los azotes. Hasta seis u ocho se habrÃa dado, cuando le pareció muy barato su precio y, deteniéndose, dijo a su amo que cada azote de aquéllos merecÃa ser pagado a medio real, que no a cuartillo.
—Prosigue, Sancho amigo, y no desmayes —le dijo don Quijote—, que yo doblo el precio.
—De ese modo —dijo Sancho—, ¡lluevan azotes!