Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha Pero el socarrón dejó de dárselos en las espaldas, y daba en los árboles, con unos suspiros que parecÃa que con cada uno de ellos se le arrancaba el alma. Más de mil azotes llevaba, que ya habÃa quitado la corteza a muchos árboles, cuando acudió don Quijote, el cual, con voz tierna y temerosa, le dijo:
—Por tu vida, amigo, se quede en este punto el negocio. No permita la suerte que por el gusto mÃo pierdas tú la vida, que ha de servir para sustentar a tu mujer y a tus hijos. Espere Dulcinea mejor coyuntura, que yo me contendré en los lÃmites de la esperanza.
Según dice Cide Hamete, un dÃa subieron una cuesta, desde donde descubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hincó éste de rodillas y dijo:
—Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Recibe también a tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sà mismo, que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede.
A la entrada del pueblo, vio don Quijote que en las eras estaban riñendo dos muchachos, y el uno le dijo al otro:
—No te canses, que no la has de ver en todos los dÃas de tu vida.
Oyolo don Quijote y dijo a Sancho: