Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —¿No adviertes lo que aquel muchacho ha dicho? ¿No ves tú que, aplicado a mi intención, quiere significar que no tengo de ver más a Dulcinea?
QuerÃa responder Sancho, cuando se lo estorbó una liebre, seguida de muchos galgos y cazadores, la cual, temerosa, se vino a agazapar debajo de los pies del rucio.
—Malum signum! Malum signum! —dijo don Quijote—. Liebre huye, galgos la siguen: ¡Dulcinea no aparece!
—Si no recuerdo mal —dijo Sancho—, he oÃdo decir al cura de nuestro pueblo, y aun vuestra merced mismo me lo dijo en dÃas pasados, que eran tontos todos aquellos cristianos que miraban en agüeros.
Finalmente, rodeados de muchachos y acompañados del cura y del bachiller, entraron en el pueblo, y se fueron a casa de don Quijote, y hallaron a la puerta al ama y a la sobrina, a quienes ya habÃan llegado las nuevas de su venida. Ni más ni menos se las habÃan dado a Teresa Panza, la cual, desgreñada y medio desnuda, trayendo de la mano a Sanchica, su hija, acudió a ver a su marido.
—Llevadme al lecho —dijo don Quijote—, que me parece que no estoy muy bueno.