Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha Entendiole muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondió:
—Si fueras caballero, que no eres, yo ya hubiera castigado tu sandez y atrevimiento.
Y arrojando la lanza al suelo, sacó su espada y arremetió al vizcaíno con determinación de quitarle la vida. El vizcaíno, que así le vio venir, no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada, y, por hallarse junto al coche, pudo de allí sacar una almohada que le sirvió de escudo, y luego se fueron el uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos.
Pero está el daño de todo esto en que, en este punto, deja pendiente el autor de la historia esta batalla, disculpándose con que no halló más escrito. Bien es verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido. Y así, no desesperó de hallar el fin de esta apacible obra, del modo que se contará en el siguiente capítulo.